En los labios de los romanos

En los labios de los romanos

La miel ha acompañado a la humanidad desde tiempos inmemorables. En la época de los egipcios, se creía que las espesas gotas ambarinas eran el lloro de una de sus deidades. Para los griegos, era el alimento divino del Olimpo. Cuando la miel saltó hasta una de las civilizaciones en las que más profundizamos, la romana, fue alabada por autores clásicos, como Virgilio, que se maravillaba ante la diligencia y laboriosidad de las abejas productoras.

El naturalista Plinio describió con gran belleza que la miel era un “un jugo dulcísimo, ligerísimo y salubérrimo… que aporta el gran placer de su naturaleza celestial”.  Son evidentes las muestra de que este producto estaba profundamente arraigo dentro de las costumbres culinarias. Fuente de calorías, dulzura y sabor que también era empleado por la legión romana para obtener energía con celeridad. Es cerca de Valentia, en la Cueva de la Araña de Bicorp, donde se hallan unas pinturas rupestres que dejaron entrever que los primeros moradores de la península apreciaban el sabor de la  miel.

Con un trozo de panal de miel y un arroz fermentado que adquiere la apariencia del queso, creamos un postre que sabe y es Mediterráneo, un Mediterráneo del que Plinio podría escribir todos los días para cumplir con lo de “Que no pase un día sin leer o escribir por lo menos una línea”.


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